A cien años de la presentación del poemario “Cantos de la mañana”

de Delmira Agustini Anabel Couchet Bassetti

Violencia de género en la vida y la muerte de la poeta uruguaya “Niñez errada que no aparecerá nunca en su poesía madura, ni siquiera como nostalgia”, opina el crítico Mario Álvarez.
“De hecho no pudo vivir su niñez –continúa Mario Álvarez. Son innumerables las anécdotas que lo confirman. Por ejemplo, ella no pudo realizar esa experiencia social básica que marca el comienzo del destete psicológico de ir a la escuela con otros niños
desconocidos; de formar grupo y anudar las primeras relaciones interpersonales que abren camino para la madura convivencia ulterior. No tuvo juegos ni camaraderías. Pero más aún, ni siquiera tuvo la oportunidad de alternar en su aprendizaje con otro adulto que no fuera
su madre, quien hasta sus doce años fue su única maestra.
Recién a los doce años comienza a estudiar piano y francés; poco después inicia estudios de pintura. De igual modo, todos sus maestros recuerdan la infaltable compañía de la madre y cómo influía en ella”.
Delmira Agustini comienza a publicar sus primeros poemas a los dieciséis años de edad, mostrándonos su madurez poética, la definición de su estética y de sí misma, como poeta dentro del modernismo.
Hace exactamente cien años, el 12 de diciembre de 1910, presenta su segundo libro: “Cantos de la mañana”. Elegimos un poema:


Lo inefable
Yo muero extrañamente... No me mata la Vida,
no me mata la Muerte, no me mata el Amor;
muero de un pensamiento mudo como una herida...
¿No habéis sentido nunca el extraño dolor
de un pensamiento inmenso que se arroja en la vida
devorando el alma y carne, y no alcanza a dar flor?
¿Nunca llevásteis dentro una estrella dormida
que os absorba enteros y no daba un fulgor?
Cumbre de los Martirios!... Llevar eternamente,

desgarradora y árida, la trágica simiente
clavada en las entrañas como un diente feroz!...
Pero arrancarla un día en una flor que abriera
milagrosa ¡inviolable!... Ah, más grande no fuera
tener entre las manos la cabeza de Dios!



Siendo ya una poeta célebre, la sobreprotección de su madre era inconcebible, manteniéndola alejada del trato social, sobre todo cuando recibía visitas en su propia casa, la madre siempre estaba presente; aun tratándose de escritores como Rubén Darío,
Manuel Ugarte, Manuel Pérez Curi, quien prologa su segundo libro “Cantos de la mañana“; como también cuando salía a caminar con su amigo de la adolescencia André Giot de Badet, la madre no se despegaba de su lado.

Boda y Tragedia 
Delmira Agustini se casó el 14 de agosto de 1913 con Enrique Job Reyes, después de cinco años y medio de noviazgo que mantuvo oculto de la mirada de sus familiares; el 22 de junio de 1914, se falla el divorcio. Quince días después, aparecen ambos
muertos en la habitación de una pensión de la Calle Andes 1206 de la ciudad de Montevideo. Desde entonces, se acusó a su ex-marido de matarla y a continuación suicidarse. Ella tenía veintisiete años y él veintiocho.
Varios críticos coinciden que la Carta escrita por Enrique Job Reyes, cuando Delmira solicita el divorcio, es clave para aclarar el misterio que esconde la vida y la muerte de la poeta. Carta que nunca fue enviada, la encontró la hermana de Reyes, entre sus
cosas, después de muerto: “Hasta mis oídos ha llegado la noticia de que tú quieres manchar mi nombre, que hoy es el tuyo, pues también lo llevas, con una calumnia. Si tal cosa hicieras, que no lo creeré jamás, yo sabría lavar la mancha arrojada sobre mi
honor, con la sangre inocente de nuestras vidas.
Y ese sería el castigo para aquella que, el día de nuestro casamiento, en una entrevista que tuvimos en la sala, y que tú presenciaste de lejos, pues yo, ni después de casado te conté, por delicadeza, llegó a hacerme revelaciones mostruosas de impureza y
deshonor, y poniéndome como ejemplo que ella lo hacía con tu padre. ¿Por qué evitan una entrevista entre nosotros, pretextando escenas desagradables? Porque temen que te revele a ti, lo que me había propuesto guardar en el fondo de mi alma: lo
monstruoso, lo repugnante del consejo de tu madre.
¿Por qué ella tenía ese terror pánico de que yo no la quisiera y te apartara a ti de ella? ¿Por qué le preguntó tanto a mi madre y a mi hermana, al otro día del casamiento, si yo la querría y si te llevaría a ti a la casa? Porque tenía el remordimiento, la
conciencia intranquila por lo que me había revelado y propuesto, y que hoy he comprendido que hice mal en callártelo. Pero no quería manchar tu pureza con una revelación semejante, pues tú podías dudar de una cosa tan horrible. Llegó su desvergüenza,
al ver en mí un fondo de duda, a proponerme que lo oyera de labios de tu padre. Y entonces, no  pudiendo aguantar más, me negué diciéndole que había oído bastante, traté de irme llevando en mi alma una pena muy honda, y jurando no decírtelo
jamás. Tú comprendiste, en las veces que ella vino a nuestra casa, que el sólo verla me repugnaba, e interpretaste que era mi mal fondo y mi carácter que me impulsaban a odiarla. Pregúntale a ella ahora,  si quieres saber su revelación infame, así como le
dijiste al distinguido Dr. Oneto, me preguntara a mí cuál era el motivo de tu resolución. Dime, ¿qué pasó entre nosotros en el mes y veintidós días que haciendo vida de marido y mujer, no hubiera sido común entre ambos en los años que tuvimos amores? ¿Acaso tú, en los cinco años y medio de nuestras relaciones, no tuviste la oportunidad, varias veces, de conocer si yo era capaz de cometer
una bajeza?... Tú, sugestionada, diré, porque tú no lo haces por propia voluntad, quieres con una calumnia infame, inventada por la que mostró el fondo perverso de su alma, en toda su desnudez, a pretexto de que no te hiciera madre algún día,
manchar mi honor de caballero ante la sociedad!... Ahora insisto más que nunca en ir al divorcio de común acuerdo, no con las miras de que volvamos a juntarnos... porque esto no sucederá jamás, sino para que vean que no me arredran las amenazas a base de calumnias, pues tengo mi conciencia bien tranquila, de que procedía siempre contigo como un caballero”...
En la legislación uruguaya hay tres modalidades de divorcio: “Por sola petición de la mujer”, de “común acuerdo”, y por “riñas y disputas”. No hay dudas de que la familia Agustini insistía en que se realizara por éste último, y ésta sería la calumnia a la que hace referencia reiteradamente Enrique Job Reyes en su carta. El escritor Guillermo Giucci publica un libro titulado Fiera de Amor: la otra muerte de Delmira Agustini, en el año 1984, donde entrevista a Josefina González, hermana del dueño de la pensión de la Calle Andes 1206, Juan Manuel González.
“Yo tenía catorce años cuando Delmira Agustini fue asesinada. Catorce tiernos años... hoy tengo ochenta y cuatro años.
En el año 1914 yo vivía en la calle Andes 1206, lugar del crimen. Quien lea El Día del 7 de julio de 1914, encontrará mi nombre. También que mi habitación estaba próxima a la de Enrique Job Reyes. Yo fui la primera en ver a los amantes muertos, manchados de sangre. Lo que pasó después, el torbellino de gente, los empujones para que saliera del cuarto, las recriminaciones de mis familiares, los doctores interminables... Luego aquellos hombres... después me trajeron a este asilo”.
Porque algún tiempo antes, Josefina González, en la Biblioteca Nacional, le reveló a su amigo Ramiro Marzini, la verdadera causa de la muerte de Delmira Agustini, cambiando la carátula del caso. Aquella tarde, no sólo se encontraba la pareja de amantes en la pensión –cuenta Josefina González– porque el día anterior su hermano había alquilado la habitación contigua a un hombre de unos cuarenta años, con acento campesino. Apenas ocurrido el crimen, ese hombre desapareció, y nadie habló de él; es más, Josefina descubrió que la puerta que separaba ambas habitaciones, cubierta por una gruesa cortina, estaba abierta. Pero ella era una jovencita, y su familia la obligó a callar. ¿Quién mandaría a matarlos? ¿Por qué se divorciaron
si seguían manteniendo una buena relación? Como dice Patricia Varas, en su libro Las Máscaras de Delmira Agustini, refiriéndose a las cartas que Delmira enviaba a su novio, Enrique Job Reyes: “Las cartas de Agustini revelan su deseo conciente de violar las reglas paternas y sociales, como resultado, el lector siente que ella vivió en un mundo de intrigas... Este sentimiento nos permite pensar en lo difícil de su vida, al mismo tiempo que añade un elemento romántico y de peligro tanto a su correspondencia como al noviazgo”. Sin duda, el peligro fue una constante en su existencia, al punto de terminar siendo asesinada.
El periodista y escritor Roberto Bula Píriz, expresa: “La historia de Delmira Agustini, no es precisamente la de su vida narrada al hilo del tiempo, sino más bien la de su mundo interior que fue gestándose poco a poco. Comprenderla en sus actos exteriores, en la vida de sus poemas, significa hallar el sentido de ese mundo. Desde su adolescencia, la rodeaba el presentimiento de un trágico final: siento que mi vida terminará en tragedia. Ello nada tiene de fatídico, sólo era el vaho del desaliento que le producía el espectáculo de su circunstancia”. Si bien el drama pasional es algo horrendo, creemos que estamos ante el peor de los casos de
violencia de género, el abuso sexual hacia una niña o adolescente perpetrado por un familiar directo, en este caso su padre y/o hermano. Evidentemente, la sobreprotección materna era para proteger a su esposo y/o hijo; es decir, al padre y hermano de Delmira, y no a ella como siempre se pensó

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